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América Latina

Tecnología y moral reproductiva

Los efectos del desarrollo de tecnologías de reproducción asistida van más allá de que una pareja con “ausencia involuntaria de hijos” pueda tener descendencia biológica. La lógica enrevesada de la propia locución “con ausencia involuntaria de hijos”, al tratar de evitar el estigma al que términos más comunes como “infecundo”, “estéril” o aun “infértil” dan nombre, da cuenta de una complicada trama moral. “Infecundo” remite a un campo semántico religioso en el que la imposibilidad de tener hijos connota castigo divino; mientras que “estéril” refiere una carencia que estriba en una condición física irreversible. “Infértil”, por su parte, reduce la experiencia de la búsqueda infructuosa de filiación biológica a un diagnóstico médico o a una patología.

En el ámbito de la reproducción, las fronteras y relaciones entre naturaleza y cultura en ocasiones se desdibujan, se reconfiguran o se reafirman. Por un lado producen tanto la esperanza de que cualquier limitación biológica para la producción de nuevos seres humanos pueda ser superada por la ciencia y la medicina, como ansiedades sobre el exceso de manipulación de la sustancia reproductiva y los posibles usos a los que esto pueda dar lugar, como el ‘mejoramiento’ artificial de bebés. Pero por otro lado cabe preguntarse hasta qué punto las mismas anularían, servirían para el combate de, o permitirían reflexionar sobre tales estigmas.

En el ámbito del parentesco –una relación social que, para las promesas del individualismo moderno, sólo habría cumplido un papel ordenador de la vida cotidiana en las sociedades no industrializadas o precapitalistas– los cambios tampoco han sido menores. Como señala la antropóloga británica Sarah Franklin, las tecnologías de reproducción asistida introducen una nueva dimensión en el parentesco, al proveer nuevos parientes biológicos, como la madre gestacional, la donadora de óvulo, el donador de esperma, el gemelo de fecundación in vitro, entre otros; y relativizar o problematizar al mismo tiempo lo que entendemos por vínculo biológico y su relación con la sexualidad.

En el seno del feminismo, estas “nuevas” tecnologías reproductivas no han estado exentas de polémica. Las mismas son a veces acusadas de profundizar formas de dominación masculina, en tanto contribuirían a perpetuar el rol reproductivo de las mujeres. Bajo su imperio, el cuerpo femenino seguiría siendo el principal receptor de procedimientos, vigilancia e intervenciones médicas; sin mencionar los eventuales riesgos para la salud de las mujeres propios de cualquier procedimiento médico, de los cuales los varones permanecerían a salvo. No obstante, por otro lado se ha apuntado a la experiencia de sufrimiento en mujeres que desean pero cuya condición somática no les permitiría tener hijos. Esta perspectiva ve en las tecnologías de reproducción asistida no sólo una forma de mitigar dicho sufrimiento, sino también una posibilidad de conferir a esas mujeres agencia sobre sus cuerpos y mayor control sobre la reproducción.

Mariana Viera Cherro, antropóloga, doctoranda en Antropología de la Universidad de la República, Udelar, ha investigado acerca de las formas de poder y discursos que se movilizan en torno a las tecnologías de reproducción asistida en la región rioplatense (con trabajo de campo en la región metropolitana de Buenos Aires y en el Uruguay), a partir de las trayectorias de mujeres que se han sometido a dichos procedimientos y de médicos/as que se desempeñan en dicha área.

De la serie “Fundamentalismos”, que pretende ampliar las fronteras del debate sobre las fronteras entre ciencia, política y convicciones morales, en esta entrevista con el CLAM, la especialista en reproducción y biotecnologías habla sobre las complejas relaciones entre reproducción asistida, género y sexualidad. Destaca los efectos de la patologización de la infertilidad y la desigual distribución de las expectativas reproductivas en el acceso a dichos tratamientos por parte de parejas e individuos según su orientación sexual e identidad de género.

¿De qué modo ha impactado la reproducción asistida los órdenes de género, sexualidad y reproducción?

Como otras autoras que también han investigado en relación a estos y otros desarrollos tecnocientíficos, entiendo que la ciencia y la tecnología forman parte de un contexto social, cultural e histórico más amplio. Esto significa que dichos desarrollos cargan con los preceptos establecidos de forma hegemónica pero también pueden generar transformaciones con respecto a los mismos.

En lo que hace a la relación entre sexualidad y reproducción, si bien las tecnologías de reproducción asistida (TRA) materialmente rompen con la ligazón entre sexualidad y reproducción, porque pueden crear descendencia biológicamente vinculada para parejas o personas que no tengan sexo coital heterosexual, esta posibilidad material no tiene necesariamente un correlato directo en la cultura. En la dimensión simbólica, y en diálogo obviamente con las prácticas técnicas, hay lo que podríamos decir reafirmaciones y rupturas con los órdenes sociales y culturales establecidos.

Por un lado, hay una reafirmación de la heterosexualidad como norma para el caso, por ejemplo, de las parejas de lesbianas que desean tener descendencia biológicamente vinculada mediante TRA. Eso ocurre en Uruguay, no así en Argentina, porque en mi país se les hace pasar por lo que se denomina “protocolo de infertilidad”: es decir, por una serie de análisis y de tratamientos hormonales que responden a lo que es el tratamiento de la infertilidad entendida como enfermedad. Hay una homologación, como postulan Débora Diniz y Rosely Gomes Costa, de la infecundidad involuntaria con la infertilidad entendida como enfermedad y ello se traslada a parejas, como las parejas lesbianas, cuyo impedimento no obedece a una patología.

La reificación de la heterosexualidad como norma va asimismo de la mano de la idea de que para que haya reproducción sí o sí quien demanda ese hijo/a debe ser sexualmente activo/a. Esto fue un aspecto muy controvertido en los casos de mujeres que no habían tenido relaciones sexuales pero demandaban acceder a estas técnicas para tener descendencia; es el denominado “síndrome del nacimiento virgen” que ha investigado Marilyn Strathern (del cual yo no he escuchado antecedentes, por lo menos en lo que ha sido mi trabajo de campo en Uruguay y Buenos Aires). Su propia denominación, “síndrome”, ya habla del lugar que la sociedad le otorga al deseo de descendencia biológica de estas mujeres. Este deseo en personas que no han tenido relaciones sexuales coitales aparece como un deseo desviado de la normalidad. Resulta interesante pensar cómo se tramita este deseo para el caso de mujeres, varones o parejas que tampoco hayan tenido relaciones sexuales y que quieran adoptar. Al no estar presente en estas situaciones la idea de reproducción biológica, aunque sí de filiación, podríamos preguntarnos, ¿cómo se construye y responde a ese deseo de filiación por parte de una institución como la adopción cuando se trata de la creación de nuevas relaciones sociales que no pasan por la reproducción?

Otro asunto que surge del trabajo de campo, específicamente en Buenos Aires y que habla de las dificultades de ‘habilitar culturalmente’ –como diría Rayna Rapp–, estos procedimientos fuera de lo que son las estructuras génerico-sexuales más tradicionales, es la reticencia que reciben personas con identidades de género que no condicen con identidad sexual biológica, me refiero especialmente a las personas trans, para acceder a estos procedimientos. Que alguien con una identidad de género femenina aporte esperma para un procedimiento de inseminación a fin de tener una descendencia biológica es muy desestructurante de lo que son los arreglos genérico-sexuales vigentes. Desacomoda a quienes se encargan de intervenir en estos procedimientos manifestando de un modo explícito los factores sociales y culturales que acompañan el desarrollo e implementación de estas tecnologías y que tienden a ser invisibilizados.

Con respecto a esto último, es interesante como las TRA se visualizan como moral y éticamente neutrales. La decisión por uno u otro procedimiento, por ejemplo en lo que refiere a la donación de óvulos se define en virtud de consideraciones técnicas y no emergen los cuestionamientos morales. Para aclarar, por lo menos en Uruguay existen dos modos de procesar la donación de óvulos: la donación simple, que es cuando una mujer decide donar óvulos a cambio de una compensación económica por lucro cesante para alguien en tratamiento, y la donación en paralelo, que supone que una mujer que está en tratamiento reproductivo dona parte de sus óvulos a cambio de que quien recibe ese material reproductivo costee parte de su intervención. En el trabajo de campo que estoy realizando en la actualidad para mi tesis doctoral sobre gestión de la donación de material reproductivo en Uruguay, surgió en charla informal con una técnica del área las implicancias morales de uno y otro procedimiento y comenzó a evidenciarse que estas diferencias morales separan de forma tajante a lo que puede distinguirse como dos formas de gestionar la ovodonación en mi país. Pero ese es otro tema sobre el que estoy investigando en este momento.

En la actualidad, en países como Colombia cursan iniciativas legislativas que buscan garantizar a las parejas con diagnóstico de infertilidad el acceso gratuito a las técnicas de reproducción asistida. Para tal fin algunas personas abogan por el reconocimiento de la infertilidad como enfermedad, de modo que su tratamiento pueda ser cubierto por el sistema de salud. ¿Cómo evalúa la patologización de la infertilidad como estrategia para garantizar el acceso a las TRA? ¿De qué modo esto afecta las expectativas reproductivas de personas hetero y homosexuales?

En tanto la infertilidad está definida como una enfermedad, la expectativa obvia es que quienes pueden acceder a estos tratamientos sean las parejas heterosexuales con un diagnóstico de infertilidad. Sin embargo sabemos que el diagnóstico de infertilidad en sí mismo es un asunto controversial. Resulta obvio que una mujer no pueda gestar ante la ausencia de útero o que un varón no pueda tener descendencia si su semen no produce espermatozoides. Pero en muchos casos el diagnóstico es incierto y yo misma he entrevistado parejas que se han hecho un sinfín de tratamientos y que luego de abandonar ese trayecto logran conseguir el embarazo sin intervención tecnológica. Por lo cual podríamos decir que lo que hacen las TRA, y es lo que reafirmaba una médica que entrevisté en Uruguay, más que paliar una enfermedad, es “conseguir un bebé sano en casa”. En el marco de este objetivo, no resulta relevante si la pareja no desea tener relaciones sexuales coitales, como decíamos antes y como ocurre en algunas parejas que se intervienen, si hay que recurrir a uno o varios procedimientos, y tampoco si hay que utilizar gametos (óvulos y/o esperma) de terceros. Por supuesto que existen límites, tanto jurídicos (y por tanto socio culturales), como por ejemplo la nulidad de la subrogación de útero en Uruguay salvo excepciones, y los límites que puedan poner las parejas que recurren a los tratamientos reproductivos. Pero el punto es que la noción de infertilidad como enfermedad es en sí misma problemática. Aunque el deseo de filiación biológica, en parejas heterosexuales y que por tanto se ajustan a lo que la sociedad entiende como el deseo natural de descendencia, se construye como inobjetable.

Sobre el deseo de filiación en otro tipo de parejas (gays o lésbicas) o en mujeres sin pareja, resulta bien interesante lo que ocurre, por lo menos en Uruguay. Casi al mismo tiempo que se aprobaba la ley que regula el acceso a los tratamientos de reproducción asistida se aprobó también en Uruguay el matrimonio igualitario. Así es corriente que los técnicos y técnicas que trabajan en reproducción asistida señalen que, si el matrimonio entre parejas el mismo sexo está avalado por la ley, ¿por qué no habrían de intervenir para que las parejas de lesbianas tuvieran descendencia biológica? Es decir, una vez más las TRA se presentan como neutrales: si la sociedad lo permite, la tecnología no debería ir en contra de ello.

Sin embargo los varones en pareja homosexual no pueden recurrir a estas tecnologías porque la subrogación de útero con fines comerciales es un procedimiento nulo por ley y, si quisieran recurrir a una hermana, sobrina, prima, como vientre subrogante en donde la finalidad económica no está presente –que es la única situación habilitada por la ley–, no podrían porque debe haber una mujer de la pareja que aporte necesariamente el óvulo para la constitución del embrión que luego se gestará en el vientre subrogado.

Es decir que, aunque invisible, existe un orden moral que, a partir de argumentos con los que podemos o no estar de acuerdo, sigue reafirmando la reproducción para las mujeres, en pareja homosexual, heterosexual o sin pareja, y habilitándola solamente para algunos hombres, aquellos que componen una pareja heterosexual.

¿Cómo opera aquí el límite entre naturaleza y cultura?

La idea de naturaleza, aunque para nuestras sociedades occidentales parece desprenderse esencialmente de los aspectos biológicos, es una construcción. Es decir, y trayendo algún ejemplo del campo de la reproducción asistida, para las mujeres que gestan el embrión con el óvulo de otra mujer, la naturaleza del vínculo filial está justamente en el procedimiento de gestación, lo que yo he denominado “uterización del vínculo”. Para quienes el hijo/la hija deseado/a se gesta en un vientre subrogado pero con su óvulo, la naturaleza del vínculo filial pasa por el material reproductivo que porta la información genética, o ADN. Para quienes no aportan ni material genético ni un útero para gestar la futura descendencia, la naturaleza estará en el deseo de filiación biológica. No hay nada esencial en la naturaleza del vínculo filial.

Sin embargo, la apelación a “la naturaleza” como algo dado aparece una y otra vez, frente a diferentes circunstancias, como modo de justificar deseos, intervenciones técnicas, entre otros asuntos.

“Es natural” que una pareja heterosexual quiera tener descendencia biológica y sobre todo “es natural” que una mujer quiera ser madre y vivir el embarazo. La idea de la maternidad como algo biológico, instintivo, aparece una y otra vez y es el deseo –cuando hablo del deseo no me refiero a lo biológico sino a una construcción de sentido que por supuesto hace carne en las subjetividades–, lo que sostiene a muchas mujeres para quitarle el drama a las intervenciones por las cuales atraviesan o a vivirlas hasta con placer, como muchas me decían.

Es también la idea del deseo “natural” de maternidad lo que permite comprender a la sociedad la demanda de las mujeres en pareja con otras mujeres o sin pareja para tener descendencia biológica. Es la propia idea de qué entender por “lo biológico” y de cómo tramitarla cuando se utilizan materiales de terceros para el proyecto reproductivo de una mujer o pareja, la que se sostiene en una comprensión de la naturaleza ligada a la genética y la transmisión de información genética a partir de procedimientos “naturales”.

Cuando la tecnología interviene esa idea de naturaleza resulta contestada en algún sentido; será la propia tecnología (y las estructuras de sentido que la acompañan) la que restituirá esa “naturaleza” del mejor modo posible. En el caso de la utilización de semen u óvulos de donante, buscando similitudes fenotípicas. En otros contextos, pienso por ejemplo en los casos de utilización de material reproductivo en clínicas donde las parejas receptoras eligen los y las donantes, este ideal parece dar paso a una concepción más mercantilista de la descendencia, donde hay un producto a diseñar en vistas de su perfección. No digo con esto que se trate de dos modelos contrapuestos, porque también en Uruguay y en países con procedimientos similares se busca intervenir sobre la descendencia, por ejemplo, en lo que hace a no utilizar materiales genéticos de personas que podrían transmitir enfermedades hereditarias; lo que quiero es enfatizar el carácter másexplícito de un modelo frente al otro.

En el seno del feminismo las TRA (Tecnologías de Reproducción Asistida) han sido objeto de intensos debates.¿Podría hablar un poco sobre los dilemas que surgen en torno a las TRA y las formas de poder ancladas en el género?

El abordaje de la reproducción asistida desde una perspectiva crítica me resulta especialmente interesante justamente porque a quienes tenemos una postura feminista nos pone en un lugar incómodo. Cuando abordamos asuntos como el derecho a acceder a un aborto en condiciones dignas y seguras, nos parece obvio que las mujeres deben poder elegir ser madres y no que sea una imposición de una sociedad en la que priman las relaciones patriarcales. Con las TRA las respuestas son bastante más complejas y el ejemplo más claro han sido las posturas divergentes desde el feminismo frente a estos desarrollos y procedimientos.

Cuando se trata de mujeres homosexuales que pueden mediante TRA acceder a la parentalidad biológica nos parece genial, supone el acceso a los mismos derechos que las parejas heterosexuales, pero ¿por qué seguimos privilegiando la filiación biológica frente a otro tipo de vínculo filial, como puede ser el devenido de la adopción? Y, ¿qué sucede con los varones en pareja con otros varones? ¿Deberían poder acceder a los mismos derechos? El asunto es que dependen de un vientre y el altruismo en la subrogación de útero –y del altruismo en general con respecto a diversos procedimientos–. Resulta algo especialmente controversial. Sabemos que en países desarrollados, las mujeres que subrogan reciben grandes sumas de dinero a cambio de prestar su útero, mientras que las mujeres indias reciben apenas monedas, aunque en su contexto estas monedas, y sobre todo la posibilidad de contar con un buen descanso y adecuada alimentación durante el tiempo que dura la gestación es quizás la mejor paga. Por otra parte, ¿en beneficio de quién realizan dicha transacción?

Y con respecto a las mujeres heterosexuales, ¿las TRA les permiten materializar sus derechos reproductivos de forma cabal o las inducen a seguir reproduciendo, sin cuestionarse, el mandato maternal? ¿En qué medida las decisiones reproductivas son autónomas? También hay que pensar en qué contexto se demanda el acceso a las TRA. Naara Luna, por ejemplo, llama la atención acerca de cómo, en países como Argentina, la infertilidad surge como consecuencia de infecciones ginecológicas mal atendidas, en un contexto de acceso deficiente a la atención sanitaria.

También parece lógico preguntarse, por qué el estado no invierte más en tener mejores sistemas de adopción y cuidado de niños en situación de abandono. Pero sería tonto no reconocer también que el tener descendencia biológica no tiene el mismo estatus que tener descendencia mediante adopción. Y tampoco es difícil entender que una mujer desee pasar por el proceso de embarazo... tampoco sería difícil entender que no quisiera transitarlo. La respuesta se complejiza aún más cuando para acceder a mi derecho de reproducción biológica debo acceder a materiales biológicos de otras personas.

 

Publicada em: 28/07/2016

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