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Colombia

Desplazamiento forzado

El estudio del conflicto armado en Colombia ha llenado numerosos volúmenes sobre su naturaleza específica, costo económico y para la construcción de paz, historia, características actuales, expresiones regionales, afectación de la sociedad civil, etcétera, constituyéndose así en uno de los temas centrales de investigación en las ciencias sociales de ese país. Pese a ello, como afirma la antropóloga Mara Viveros, los trabajos que abordan el impacto diferenciado del conflicto según factores como la clase, el origen, la pertenencia étnico-racial y el género de las víctimas son relativamente recientes, siendo “prácticamente inexistentes” aquellos que indagan sus efectos en quienes tienen una orientación sexual o identidad de género que no se ajusta a la norma heterosexual.

En el marco del Programa de Investigaciones Académicas de la Dirección Archivo de Bogotá – 2011, un equipo de investigadoras del Grupo Interdisciplinario de Estudios de Género de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) llevó a cabo un estudio con enfoque biográfico sobre los modos en que el conflicto armado afecta la vida de mujeres trans, buscando además aportar a la construcción de memoria histórica de Bogotá a partir de sus voces. Para tal fin, entrevistaron a 10 mujeres trans que salieron de sus lugares de origen y se radicaron en la capital del país huyendo de la violencia. Producto de este trabajo fue publicado el libro ¡A mí me sacaron volada de allá!: Relatos de vida de mujeres trans desplazadas forzosamente hacia Bogotá (2012), disponible para descarga en el sitio web de la Escuela de Estudios de Género de la UNAL .

En entrevista con el CLAM, la filósofa Nancy Prada Prada, coordinadora de la investigación, habla sobre las condiciones en las que se da el desplazamiento de las mujeres trans, su inserción laboral en Bogotá, la configuración de su identidad femenina en este contexto y la participación de las entrevistadas en el estudio.

En el libro, ustedes afirman que los procesos de desplazamiento forzado afectan de forma diferenciada a hombres y mujeres, quienes, a su vez, ponen en marcha distintas formas de agencia que les permiten reconstruir sus vidas. Al respecto, ¿qué observaron en el caso de las mujeres trans?

En nuestro estudio vimos cómo el desplazamiento de estas mujeres trans ocurre en condiciones muy distintas a otros tipos de desplazamiento forzado, en los que familias e incluso comunidades enteras se ven obligadas a salir de los territorios. En estos casos, en cambio, la persona amenazada es una sola, y se trata además de personas que en la mayoría de casos ya han enfrentado situaciones de violencia y de rechazo en sus entornos familiares a causa de su orientación sexual, pues inicialmente se autoidentifican como hombres gay. Lo que sucede entonces es que convergen dos factores: el entorno familiar adverso y los riesgos externos que implican los actores armados. Es la confluencia de ambas situaciones la que suele desencadenar el desplazamiento forzado.

Otro punto importante para destacar es que, sumado a lo anterior, son desplazamientos que ocurren a edades muy tempranas. Así, las historias de estas mujeres cuentan cómo han llegado siendo pequeñas aún, y sin redes familiares o sociales, a enfrentarse con el “monstruo” que puede ser la ciudad de Bogotá. Por supuesto, hay también un factor de clase que marca sus trayectorias, pues todas provienen de clases populares.

En cuanto a las agencias para enfrentar esa adversidad, es destacable cómo se entablan relaciones entre las mismas mujeres trans que llegan a Bogotá en situaciones parecidas. Se trata de relaciones de solidaridad en muchos casos, que les permiten “andar las calles” juntas. No obstante –como todo en esta investigación– también aquí hay matices diversos. La solidaridad muchas veces se transforma en tensión, pues las amigas son también la competencia (especialmente en entornos de ejercicio de la prostitución) y la rivalidad también es manifiesta entre ellas.

Además del desplazamiento, ¿podría señalar otros impactos del conflicto armado y de las distintas formas de violencia asociadas a éste en la vida de las personas trans entrevistadas?

Nuestra investigación hizo énfasis en casos de desplazamiento forzado, porque nos interesaba mirar no sólo cómo eran sus vidas en sus lugares de origen y cómo había sido el proceso de desplazamiento, sino también qué había pasado una vez salían de esos lugares y llegaban a Bogotá. Por sus relatos, sabemos que les pasan muchas otras cosas a las personas con identidades trans en el marco de la guerra, pero nosotras trabajamos con las sobrevivientes, con quienes lograron huir antes de morir. Una de ellas resume lo que sucede en estos contextos con mucha claridad: la premisa es “cambia, se va o se muere” y los actores armados se encargan de dejar muy claro que en los territorios bajo su dominio la vida de las personas con orientaciones sexuales o identidades de género diversas no será respetada. Entre esas otras cosas que les suceden se encuentra, por ejemplo, la violencia sexual, que suele ser también un correlato de la muerte.

Ustedes señalan que, al llegar a Bogotá, la oferta de trabajo para las mujeres trans se reduce prácticamente a dos oficios con bajo prestigio social y mal remunerados, pero que les permiten expresar su identidad de género: la prostitución y la peluquería. Estos forman parte de lo que ustedes denominan “trabajos transexualizados” ¿Podría hablar un poco sobre esta categoría?

En la investigación que desarrollamos fue evidente que el trabajo tiene un lugar preponderante en la vida de las mujeres trans con quienes hablamos, pues no sólo les garantiza la subsistencia –en términos materiales– sino que además constituye su principal espacio de sociabilidad. De las 10 mujeres trans cuyas historias de vida se construyeron, tres son estilistas, cinco son trabajadoras sexuales y dos son activistas por los derechos de los sectores LGBT.

Lo que pudimos observar fue que a quienes cuentan con capitales educativos bajos –cruzado esto con escasas redes de apoyo– el mercado laboral les ofrece básicamente los oficios de peluquería o prostitución. Su desempeño mayoritario en estos escenarios no es fortuito ni corresponde a una mera elección personal, sino que existen una serie de procesos sociales y culturales que arrojan a estas mujeres a tales trabajos, como si les correspondiesen naturalmente.

Para pensar esta situación nuestro análisis propone la categoría de “trabajos transexualizados”, entendiéndolos como aquellos oficios feminizados (inmiscuidos en lógicas de cuidado, con dinámicas de proximidad y contacto; y que se ubican en una posición baja en la jerarquía social de prestigio y remuneración económica) en los que la presencia de mujeres trans no resulta incómoda. Los trabajos transexualizados limitan a estas mujeres a una economía diaria de subsistencia y funcionan como recodos laborales marginales que hacen mucho más difícil la movilidad social para ellas.

En el libro hablan sobre cómo las mujeres trans desafían el orden heteronormativo y, al mismo tiempo, construyen su feminidad bajo un modelo de género “tradicional”. ¿Qué tensiones observaron al respecto?

En nuestro equipo consideramos que la sola existencia de las mujeres trans cuestiona en muchos sentidos la matriz de legibilidad que crea hombres/masculinos y mujeres/femeninas, exclusivamente, es decir, la matriz de género, y valoramos eso como algo muy valioso y necesario.

Ahora bien, las mujeres trans con quienes trabajamos referían haberse dado cuenta desde muy temprana edad de que sus deseos y conductas diferían de los de sus pares y no correspondían con las expectativas sociales. En sus relatos es común que se hayan autoidentificado inicialmente como hombres homosexuales y que se hayan visto inmersas en dinámicas de ocultamiento. Más adelante, a medida que los tránsitos tienen lugar, existen momentos en los que ese ocultamiento desaparece voluntaria o involuntariamente. En ese proceso vimos que escindirse de los modelos de masculinidad disponibles implicó en casi todos los casos tomar distancia de la categoría hombre en busca de la feminidad, lo que supuso adherir a los patrones de comportamiento y las actitudes vinculadas socialmente –y de manera estereotipada– con lo femenino. Veíamos también que sus caminos de feminización pasaban necesariamente por la enunciación de un deseo heterosexual.

Es importante destacar que nuestras conclusiones no pretenden generalizar las experiencias de otras mujeres trans. Sin embargo, en aquellas con quienes trabajamos fue evidente que al compartir los sistemas simbólicos socialmente significativos para la organización del género, existía una clara necesidad de encarnar un ideal femenino hegemónico. Lo interesante en este paisaje complejo es que, en su caso, asumir una feminidad complaciente y sumisa constituye para muchas una forma de negociar su lugar frente a otras mujeres, un poco en la lógica de “nosotras les damos a los hombres lo que ustedes ya no quieren darles”.

Otra tensión interesante es que si bien “pasar” como mujeres, adaptándose a ese modelo hegemónico de feminidad, puede entenderse como una concesión a la normativa restrictiva del género, en sus casos constituye también una manera de evadir múltiples violencias específicas que recaen sobre ellas cuando son identificadas por el resto de la sociedad como trans. En ese sentido, los relatos también ponen en evidencia cómo este deseo de feminización tiene además un propósito de autoprotección, para evitar ser receptoras de la violencia física y simbólica que recae sobre ellas.

Con frecuencia, algunas personas trans se muestran reticentes a participar en investigaciones, argumentando que, ante los ojos de la academia, sólo son objetos de estudio. ¿Podría hablar un poco sobre la recepción que tuvo este trabajo entre las personas trans participantes?

Es cierta esa reticencia y perfectamente comprensible, porque es frecuente que suceda ese tipo de “utilización” de las personas, y concretamente de las mujeres trans, lo que a mi modo de ver constituye una continuidad de la lógica de exotización de dichas mujeres. A sabiendas de eso, y también por nuestros compromisos políticos y personales con las mujeres trans, quienes participamos de este proceso como investigadoras fuimos muy cuidadosas de no incurrir en el mismo error. Para conseguirlo fueron claves la perspectiva feminista que orientó el estudio y su énfasis en la construcción de memoria. Construir memoria implica trabajar con ellas y no sobre ellas. Creo que para cada una fue una experiencia enriquecedora a nivel personal este “recordar” para construir su historia (durante las entrevistas), y también los espacios de encuentro que se propiciaron con la metodología de líneas de tiempo, pues más que espacios formales con agendas pre-establecidas, constituyeron reuniones tranquilas, para compartir un almuerzo, conversar, y en sentido estricto “hacer memoria”.

La recepción de los resultados entre ellas ha sido muy positiva: se han sentido emocionadas al ver sus historias escritas y recogidas en un libro, al sentir sus propias voces contándose en vez de ser contadas por otras u otros.

Publicada em: 06/06/2012



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