Tomando el filme argentino XXY como disparador, el investigador y activista Mauro Cabral analiza la situación de las personas intersex frente a la medicalización de sus cuerpos impuesta por un discurso científico biologizante que no admite la voz y el deseo de las propias personas intersex y la posibilidad de lo que Cabral denomina “poética intersex”.
No Saber –acerca de XXY.
Por Mauro Cabral*
I
Hace mucho tiempo yo tenía 14 años y estaba sentado frente a un médico que lo sabía todo. El sabía, por supuesto, quién era un hombre y quién una mujer. Sabía también quién podía ser un hombre o una mujer, y bajo qué condiciones. Y no sólo sabía, además, a quiénes deseaban hombres y mujeres, sino también quiénes podían efectivamente ser deseados como hombres o mujeres. El se sabía un verdadero experto en el arte de distribuir personas en los órdenes de la identidad, el deseo y la felicidad; se sabía, sobre todas las cosas, un maestro en el arte de construir cuerpos capaces de hacerlos posible.
Sentado frente a ese médico yo no sabía nada. No sabía quién era, ni quién podía ser, ni cuáles eran mis posibilidades de ser deseado, ni cómo, ni por quién. Aquello que creía mi saber se deshacía ante el suyo. Los modos en los que la masculinidad se encarnaba en mi identidad, en mi cuerpo y en mi deseo –él los sabía, los declaraba, los sentenciaba imposibles. Que yo dijera “este soy yo, y este es mi cuerpo” era, para él, la expresión delirante de un cuerpo fallado que precisaba compostura urgente, paso primero y primordial para que el delirio encarnado también terminara por componerse. El estaba seguro, sabía, que una intervención quirúrgica instalaría inicialmente la femineidad entre mis piernas, para que años de dilataciones y algún señor (o varios señores) con ganas de penetrarme acabaran por fin de instalarla.
Ese médico que en ese tiempo era mi cirujano no era un hombre particularmente necio; su machismo, su homofobia y su misoginia no eran muy distintos del machismo, la homofobia y la misoginia de otros hombres de su edad, su profesión y su clase. Vivía rodeado de libros. No era un ermitaño. Viajaba, iba al cine, discutía sus ideas con colegas y estudiantes. Revisaba pacientes todos los días. En toda su experiencia del mundo no había nada, sin embargo, que desmintiera su saber sustantivo acerca de hombres y mujeres, sus cuerpos, deseos y felicidades –y transformado en hacer quirúrgico, ese su saber signó mi vida hasta el presente.
II
Aún desde antes de su estreno la película XXY ha recibido muchos elogios y una crítica sostenida. La película se equivoca. Su directora no investigó lo suficiente. La película distorsiona la realidad. La película miente. Su directora no entendió lo que debía. La película confunde. La película hace daño porque confunde. Esta crítica –este conjunto heterogéneo pero finalmente unitario de críticas– invoca incansablemente una doble realidad desconocida. Por un lado, dice la crítica, la película desconocería la realidad de la intersexualidad como cuestión biomédica. Por otro lado, la película desconocería la realidad de la intersexualidad como cuestión social. Al equivocarse, distorsionar, mentir y confundir la película traicionaría así un claro imperativo ético-político, que dice lo siguiente: es necesario informar –cuando no educar- a las sociedad sobre intersexualidad en los términos precisos en los que ha sido codificada por la biomedicina. Paradójicamente entonces, quienes afirman que la película es criticable por no cumplir con el mandato de informar adecuadamente acerca de eso de lo que nada se sabe afirman, al mismo tiempo, un saber por demás específico acerca de eso. Ese saber afirma que la intersexualidad es una cuestión de la que sólo puede y debe hablarse en los términos que le fija la biomedicina.
Cada vez que leo o escucho esa afirmación, pronunciada por endocrinólogos y genetistas, por cirujanos y bioeticistas, por periodistas, comunicadores y conductores de programas de radio y televisión, por padres y madres de niños y niñas intersex, por adultos intersex, por feministas, por activistas gltbi, por académicos y, en general, por personas muy bien intencionadas que además van al cine, pienso lo mismo. Pienso que, más allá de lo atendibles que puedan ser sus razones para desear la existencia de una película que informe al detalle acerca de cada síndrome intersex, no hacen más que afirmar que nuestras existencias son y deben ser inevitablemente literales. No hay espacio para la intersexualidad en la metáfora. La intersexualidad no es algo sobre lo que se puede ni debe imaginar. No es algo sobre lo que se puede ni debe fantasear. No es, no puede ser, no debería ser algo con lo que alguien, uno, cualquiera, podría masturbarse. No es algo que pueda ni deba desearse, ni para uno mismo ni para otros, ni en la cama propia ni en la ajena. Sobre todo, la intersexualidad no puede ni debe ser, bajo ningún concepto, producida y puesta en circulación como una experiencia distinta a la narrada por la biomedicina. No puede haber una poética de la intersexualidad, a quién se le ocurre. No puede haber, menos que menos, una erótica.
(Mientras escribo esta nota recuerdo a una genetista argentina que llamó por teléfono a un programa de radio para explicarle a una audiencia ávida de síndromes literales que Lucía Puenzo se equivocó al llamar XXY a su película. Me pregunto si la mima genetista llamaría a un programa similar para explicar que no hay mujeres con tres pechos ni hombres con dos penes en el caso que criaturas así aparecieran en una película cualquiera. Uno podría pensar –yo lo pienso– que hasta las genetistas deberían aceptar de vez en cuando el pacto ficcional que se entabla cuando uno está sentado en el cine y se apagan las luces.)
III
XXY es una película con aciertos y errores. Hay demasiada agua, demasiado animal marino, demasiada melancolía argentina de esa que nadie sabe de dónde ni a cuento de qué viene y se instala. Hay un salame, hay una zanahoria, y hay hasta un juego de analogías y equivalencias que exasperaría al espectador más dado a la simetría. Pero cuenta una historia. No relata un diagnóstico, no pone un ejemplo, no ilustra un manual, no da una receta, no prescribe un tratamiento, no reparte volantes de un grupo de autoayuda, no pide solidaridad, no ofrece piedad, no hace que “valga la pena”, no dice qué pasa, no dice qué hacer. Cuenta una historia. Cuenta una historia. Cuenta una historia.
Entiendo, por supuesto, las aprehensiones de quienes sienten que la poética intersex que libera la película compromete la comprensión social del tema. Claro que los entiendo: su problema es también el mío. A mí también me atormenta pensar en cómo dar cuenta de quiénes somos, qué nos han hecho y qué nos pasa. La respuesta, me parece, no puede ser sin embargo la reducción total de nuestra experiencia al recitado de un texto médico. No puede ser, tampoco, la de otra reducción –esta vez, a la de la lógica del testimonio. El cambio que anhelamos no puede consistir en meramente convertirnos en ejemplos perfectos ni de la anatomía ni de la biografía intersex tal y como el saber de nuestra cultura las consagran. No necesitamos solamente que quienes están a nuestro alrededor comprendan los términos verdaderos en los que se dirime nuestra existencia, sino que experimenten, de una vez por todas, que somos tan de verdad y tan de ficción como todas las demás.
IV
Muchas personas a mi alrededor hacen esfuerzos desesperados para hablar de la película con la mayor corrección política posible. Y esa corrección política les funciona hasta que llegan al punto de tener que nombrar al personaje de Alex de alguna manera. No quieren faltarle el respeto deslizando pronombres femeninos o masculinos en el momento indebido, no quieren formar parte de esa sociedad hostil que le niega a las personas intersex su derecho a ser quienes son.
Debo confesar que esa preocupación me resulta tan conmovedora como ridícula. Después de todo Alex es el personaje de una película, no una persona a la que pudiera afectar de un modo u otro el uso de los pronombres equivocados. Es cierto, sin embargo, que cada opción pronominal habla de los modos en los que nos reconocemos y nos nombramos, por lo que tratar a Alex de una u otra manera no dice nada acerca del personaje y todo acerca de quienes somos. Es por eso que más importante, mucho más importante que la corrección política a la hora de nombrar, es el ejercicio de la capacidad para reflexionar en torno a esos modos del nombrar. ¿Tratamos a Alex en femenino porque hay quienes la consideran una chica? ¿Porque sospechamos de sus cromosomas? ¿Por qué supuestamente lo diría su partida de nacimiento? ¿Tratamos a Alex en masculino porque hay quienes así lo hacen? ¿Tendrán las escenas eróticas de la película algo que ver con ese tratamiento? ¿Creemos que no es ni una cosa ni la otra por esos genitales que más o menos inconfesadamente también querríamos luchar por ver?
¿Atribuimos pronombres a las personas por lo que hacen al tener sexo con otras, por los pronombres que usan esas otras, por las partes del cuerpo que una y otras usan para tener sexo? ¿Y si no hubiera más remedio que arriesgarnos a no saber cuál es el pronombre correcto, y ni siquiera a saber si hay uno? ¿Si no hubiera uno, si fueran los dos, si fueran todos, si no fuera ninguno? ¿Si nos viéramos obligados a aceptar que tal vez somos siempre demasiado arriesgados y muy poco políticamente correctos a la hora de asignarle un género pronominal no solo a Alex, sino a cualquiera, si no hubiera pronombre correcto, en realidad, para nadie? ¿Y si la corrección política no fuera más que una excusa pobre para no arriesgarnos al error y a esa dolorosa y magnífica experiencia de darnos cuenta no sólo de que no sabíamos sino, además, de que no tenemos forma alguna, a priori, de saber? Creo que lo mejor que podría pasarle al personaje de Alex es que su trabajo poético entre nosotros no sea el que produce un conjunto de reglas nominativas, sino ese otro, profundamente desquiciante, capaz de disolver una y otra vez la seguridad con la que usamos nuestras reglas –una, cualquiera, todas nuestras reglas del nombrar, y del desear, y del coger.
V
Cuando yo era adolescente, hace veinte años atrás, hablaba y escribía. Las cosas no han cambiado mucho. Aquello que tenía para decir acerca de mi mismo lo dije, y fue oído, y también leído. Pero quienes oían y leían no tenían la menor idea acerca de lo que decía. Ese nunca fue, sin embargo, el problema. El problema fue otro –esa necesidad imperiosa, urgente, irresistible de cerrar lo que no cierra con un saber que lo clausura.
La verdad es que no sé si mi propia historia intersex hubiera sido distinta si mi cirujano hubiera visto XXY hace veinte años, si hubiera salido del cine enojado, confundido, excitado o esperanzado. ¿Cómo saberlo? Lo que sí se es que el mundo en el que él y yo vivimos es distinto ahora que la película está ahí, y que mucha gente puede ir y verla, verla más de una vez y no lograr, sin embargo, articular un saber que valga ni para todas las personas ni para todas las veces. Ese mundo no es distinto porque, de un modo otro, a partir de XXY se sepa más. Es distinto, más bien, porque a partir de XXY, y por suerte, comienza a saberse menos.
*Investigador y activista intersex
Publicada em: 01/04/2008
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