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Horizonte del feminismo peruano

Fundadora del Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán (CFT) y representante de la Articulación Feminista Marco Sur en el Consejo Internacional del Foro Social Mundial, Virginia Vargas Valente es una de las feministas más reconocidas de América Latina. Acaba de presentar el libro El movimiento feminista en el horizonte democrático peruano (Décadas 1980 - 1990) editado por Unifem y el CFT, el primero de una serie de cuatro títulos con la misma temática en Bolivia, Chile y Ecuador, resultado de la investigación “El Movimiento Feminista en América Latina” apoyada por la Fundación Ford a fines de los años 90.

Desde el inicio de tu libro ya se plantea una suerte de periodización del movimiento feminista peruano: los primeros grupos aparecieron en los inicios de los año setenta, se consolidan en los ochenta y se fragmentan para después debilitarse en su dimensión movimientista en los años noventa. ¿Esto quiere decir que hay un declive del movimiento en los noventa?

Evidentemente hay un cambio de estrategia en los noventa, generado por el tipo de cambios en los contextos. Los ritmos y dinámicas del movimiento feminista son propios de los movimientos en general de esa época. En los 90 influyó muchísimo una nueva ola expresada en la tendencia a la fragmentación y a la cultura del yo que es propia de una expansión neoliberal en el mundo.

En el Perú coincide con el gobierno de Fujimori

Aquí tenemos dos escenarios. Uno a nivel nacional enmarcado en el gobierno autoritario y luego dictatorial de Fujimori y otro, a nivel global, encuadrado por las conferencias internacionales. Las feministas hemos estado en esos dos espacios: negociando con los gobiernos en lo global para lograr lo que se acordó en Beijing, y aquí en el Perú confrontando al gobierno de Fujimori. En otros países de América Latina –según los otros estudios que he estado haciendo– esta incursión en lo global también trajo aparejada una entrada fuerte a la negociación con el Estado. Muchas de las mujeres pasaron a formar parte del Estado. En Chile esto fue muy evidente y muy dramático; muchas de las feministas de la primera ola de alguna forma entraron a este tipo de negociación, lo cual no está mal en sí mismo pero, en un movimiento que no es tan grande ni tan expandido, apostar a una sola estrategia es un poco complicado. Como consecuencia, en Chile se ha dado con más fuerza el surgimiento de grupos más autónomos y radicalmente opuestos a esa estrategia.

En tu libro registras la opinión de Giulia Tamayo, quien decía que en el Perú tenían que trabajar con “un Estado que no parecía serlo”… ¿Eso era más complicado que en Chile o en otros países?

Por supuesto que era mucho más complicado porque finalmente en los otros países estaban los procesos democráticos desarrollándose, mal que bien, dentro de la ley, mientras que nosotras estábamos en un gobierno con características autoritarias y con un doble discurso hacia las mujeres. Así, una de las cosas más difíciles para nosotras fue negociar democráticamente con un Estado que no era democrático y en ese punto creo que el problema fundamental se levanta para los feminismos. Es por eso que yo conecto esta relación con el Estado con el surgimiento de espacios como Mujeres por la Democracia, donde la consigna fundamental es: “lo que no es bueno para la democracia no es bueno para las mujeres”. Digo esto porque Fujimori le estaba dando derechos a las mujeres: incorporó muchas más mujeres en la administración pública que ningún otro gobierno; creó el Ministerio de Promoción de la Mujer y el Ministerio de Desarrollo Humano envió gente a Beijing y nosotras desde el movimiento logramos la aprobación de un conjunto de leyes. En fin, había una especie de reconocimiento de la ciudadanía política de las mujeres. Sin embargo, todas las otras dimensiones estaban absolutamente devaluadas, especialmente la dimensión económica, a partir de la cual surge la estrategia de Fujimori con los movimientos de mujeres populares: el clientelismo, el cambiar votos por alimentos o dinero, etc. Vivíamos una esquizofrenia y por eso para mí lo fundamental en esa década era luchar por la democracia y no por los derechos de las mujeres aisladamente.

En razón de este contexto, el feminismo de las calles de los ochenta fue reemplazado por el cabildeo, ¿se debió a las conferencias de Naciones Unidas o porque estábamos en un gobierno autoritario que clausuraba los espacios públicos?

Yo creo que eran las dos cosas. Este fenómeno de reemplazar el cabildeo por la movilización no es solamente de Perú y no solamente por la situación política nacional. Creo que fue una vertiente de ese feminismo que participó en los espacios globales, lo que no significa que el cabildeo reemplazara a la movilización como quien pone una estrategia y saca la otra, motivo por el que insisto en tener en cuenta el contexto. El contexto de los 90 no facilitaba las movilizaciones que habíamos tenido antes, debido justamente a una mayor fragmentación y a cambios de estrategia en los movimientos: nuestro foco no era el Estado. Veníamos, en los años ochenta y antes, de una experiencia negativa con un Estado que no respondía a los intereses de las mujeres, un Estado que no era un Estado. En los noventa hay un discurso diferente. Se proclama la democracia como la mejor forma de gobierno en general en el conjunto de la región –creo yo, salvo Cuba ¿no? Todos los países entran en una ola democrática después de muchas décadas de dictadura en diferentes sitios y eso también cambia el horizonte. Chile, por ejemplo, pasó de la dictadura pinochetista a democracia en los 90 como una evidente modificación del panorama y allí es donde empiezan las estrategias mucho más fuertemente con el Estado, pero sin cuidar una posición más autónoma de profundización desde las sociedades civiles.

El Movimiento Feminista en Perú tuvo siempre muy claro que tenía que actuar articulado con la democracia, lo que generó tensiones, en especial en relación con la autonomía. En su libro especifica diferentes momentos: en los 70, autonomía del espacio y discurso propio; en los 80 con las organizaciones populares de mujeres, una autonomía a nivel de la vida privada, pero sin autonomía con respecto al Estado, porque ellas precisamente dependían de los alimentos que recibían del Estado.

Incluso con el nivel de apoyo que podían tener a través de programas como el Vaso de Leche y Comedores Populares, no creo que la negociación con el Estado les haya quitado autonomía a las mujeres, porque estaban negociando por derechos y el problema de la sobrevivencia es un derecho por el cual pelear. El problema es cuando el Estado comienza a clientelizar ese proceso. El Vaso de Leche fue creado en 1984 y se convirtió en un movimiento nacional que reivindicaba frente al Estado.

Pero seguían existiendo problemas de manipulación de los movimientos de mujeres por parte del Estado.

Con mucha más fuerza en los 90. Nuestros Estados no son democráticos en muchos aspectos, por más que tengan democracia formal. Yo creo que es en los 90 donde esto sucede con mucha más fuerza. Por un lado, la fuerte crisis económica y porque el Estado tiende a replicar su autoritarismo en la sociedad. Por el otro, porque hubo niveles escandalosos de manipulación que yo rescato en este libro. Hubo casos de mujeres que llegaban con la boleta ya lista con el voto a Fujimori y a cambio ellas recibían dinero. Esto evidencia, un intento de socavar la autonomía de las mujeres –con cierto nivel de éxito, por desgracia. Ahora, la autonomía de las mujeres con respecto a lo privado no es poca cosa.

¿Cómo ves tú ahora la autonomía con respecto a lo privado? ¿Cuánto crees que ha avanzado?

Creo que es una de las dimensiones más difíciles de cambiar porque se relaciona con la cultura política de la cotidianeidad y eso es más complicado. Sin embargo, ha habido avances evidentes en ese sentido a todos los niveles, ya no solo en las mujeres de sectores populares, sino dentro del mismo espectro de la sociedad. Es decir, ahora las mujeres tienen conciencia de tener derechos, esto creo que ya está instalado de muchas formas pero no en todos lados. Este país es muy desigual en muchas cosas. Las indígenas amazónicas por ejemplo están dando una pelea muy fuerte por su autonomía pero con muy poca conciencia de la autonomía política. Muchas de ellas siguieron siendo fujimoristas durante un tiempo. Sin embargo se paraban frente a sus líderes para reivindicar que ellas también tenían derechos. Es un desarrollo desigual pero que se ha dado con fuerza. Ha sido el resultado de la presión y la presencia de los feminismos pero también de que el Estado ha determinado un tipo de reconocimientos, aunque sean formales, de las mujeres. Yo creo que en estos momentos tenemos igualdad en el horizonte, por más que no se cumpla. Por lo menos tenemos una Constitución en la que somos iguales.

En algunos momentos del libro pareciera que hay una ambigüedad del movimiento amplio de mujeres. Por un momento parece un movimiento democrático con reivindicaciones feministas y por otro, un movimiento feminista con aspiraciones democráticas. Esta también es una tensión que tiene que ver con la autonomía.

Creo que hay un cambio interesante en el nuevo milenio, toda esta mirada más complaciente con la negociación política a nivel global y nacional comienza a tener sus limitaciones, sus críticas desde el feminismo. Surgen con mucha más fuerza dos dimensiones de lucha que habían estado desdibujadas en la década anterior: la de los derechos económicos y sociales de las mujeres, porque se había optado por los derechos políticos, dimensión que más tiene que ver con el surgimiento de una nueva ola de crítica importante al liberalismo a nivel global y a nivel de los diferentes países, que no son desdeñables, pero se los separó en cierta forma de los derechos económicos, sociales y culturales. La otra dimensión que quedó desdibujada –no desapareció pero quedó desdibujada– fue la de los derechos sexuales y reproductivos, particularmente el aborto, porque en los noventa (recojo lo que dijo Sonia Alvarez, a pesar de que ella no se acuerda que lo dijo, según me comentó recientemente) las feministas empezamos a luchar “por lo posible, dejando de nombrar lo deseable”. Lo posible era negociar una ley con el gobierno, una ley de igualdad de oportunidades, una ley de violencia, etc.; lo cual es muy importante, pero todo lo que no se podía negociar con el gobierno, aunque no desapareció, tampoco estaba levantado con la fuerza que había estado al comienzo. Yo creo que esto se retoma con fuerza en el nuevo siglo. Hay una mayor radicalidad en ese nivel. Teniendo esto en cuenta como tendencia de los feminismos del nuevo siglo, no podemos pensar que los movimientos sociales, cualquiera que estos sean, incluyendo el feminismo, vayan a tener las mismas características de los 80 o 90, especialmente de los 80, época gloriosa de las movilizaciones en las calles.

Creo que las formas de articulación y movilización han variado; están más de acuerdo con las culturas políticas que están desarrollándose. Son movimientos que comienzan a tener reacciones más coyunturales, más fugaces, para determinado tipo de lucha y no esa cosa más articulada, orgánica, cotidiana que teníamos antes. El movimiento está en búsqueda de nuevas formas de existencia y creo que estas están comenzando a ser pautadas por las nuevas generaciones y ya no por nosotras. Hay nuevas miradas además de críticas y por eso incluso las propuestas de las feministas autónomas empiezan a tener más posibilidades de diálogo con lo que ellas consideran el resto de los feminismos. Porque claro, dentro de los feminismos originarios o los que acompañaron estas dos décadas no hay un feminismo homogéneo. Hay muchas miradas y muchas tendencias. Dentro de las luchas por la democracia en el Perú no hubo acuerdos feministas, no hubo una sola voz feminista, entonces, hay tendencias, hay diferentes formas de asumir. Hay feministas como yo que se sienten entre las dos tendencias: yo no me siento institucionalizada a secas ni autónoma a secas. Las dos dimensiones son parte de mi reflexión porque yo sí creo que hay que negociar con los Estados, porque es un derecho de las mujeres, al mismo tiempo hay que hacerlo en una propuesta autónoma de fuerza de la sociedad civil. Este es otro cambio. Haber recuperado una mirada de interseccionalidad de las opresiones. Es necesario construir alianzas que son difíciles con otros movimientos que no reconocen todavía las agendas feministas; eso es una tarea fundamental.

Entonces, más que un gran y potente movimiento hay expresiones del movimiento que empiezan a generar otro tipo de capilaridad, entre ellas y con otros movimientos. Esto explica que haya muchas más organizaciones de mujeres feministas que antes: están las afro peruanas por ejemplo, las lesbianas (que han sido parte fundamental del desarrollo del feminismo desde sus inicios en la segunda ola) con múltiples expresiones, algunas marcando mucho más fuerte su identidad, de la misma forma como lo hicimos nosotras en los 80. También los movimientos trans sexuales e intersex en sus diferentes expresiones, etc.

En relación con la crítica que señala que el movimiento se subdivide en especialistas temáticas que están por sus luchas concretas, ¿esto no hace perder el horizonte de un movimiento más radical de transformación de la sociedad?

Esta es una tendencia que viene de los 90, relacionada con las formas de negociación de Naciones Unidas. La única conferencia masiva (y no porque las otras no lo hayan sido sino porque eran más especializadas, más temáticas) fue la de Beijing, que no tenía eje, era el conjunto de las reivindicaciones de las mujeres.

Por otro lado, esta cuestión de las expertas escapa a los feminismos; tiene que ver con la forma como algunas dimensiones y algunos conceptos como el género han logrado calar en el Estado. Cuando las propuestas entran al Estado, no entran como tú las has generado, entran recortadas, rebajadas, y con el género pasó eso. En vez de ser la dimensión político conceptual de los feminismos para analizar estas dimensiones de las relaciones entre hombres y mujeres, se convirtió en un criterio apolítico que simplemente estaba en manos de “generólogos y generólogas”. En ese sentido sí hay expertas que están en esa dimensión. Otra cosa es que los grupos feministas tengan algún tipo de especificidad o incidan en algunas dimensiones más que en otras, lo cual sólo es malo cuando es lo que alimenta tu mirada política, aislándola del conjunto, en ese sentido sí, coincido con esa crítica.

La “oenegización” del movimiento es cosa del pasado o es todavía un problema.

No solo fue un problema sino una dificultad para los feminismos. En primer lugar, fue una ganancia tener instituciones sólidas con capacidad de respuesta, el problema es cuando la lógica institucional prima sobre la mirada y la propuesta política feminista más radical y más subversiva. Por otro lado si tienes la posibilidad que da trabajar en una ONG (que es más un privilegio), de estar dedicada por completo a reflexionar, pensar, actuar como feministas se logra mayor conocimiento, visibilidad y liderazgo. Creo que la “oenegización” trajo una capa de liderazgos feministas que no necesariamente respondían a la diversidad que se estaba generando, sino que correspondían a un tipo específico de mujeres que venían de las instituciones. Además, las instituciones en vez de estar articuladas a un amplio movimiento como estuvo en los 80, empezaron a correr por su propia cuenta por el tipo de financiamiento que conseguían y el tipo de condiciones que estos imponen.

Quizás por esta situación es que empiezan a surgir otros espacios, otros grupos no ligados a las ONG, y también se inicia el ingreso de los estudios de género a las universidades, el Diploma de Género en la Universidad Católica, la maestría y el Programa de Género en San Marcos. ¿Qué importancia le das a esta relación del feminismo con la Academia?

Esta es otra de las ganancias importantísimas, pues se logra un espacio de producción de conocimientos, eso es fundamental porque es un espacio que estuvo mucho tiempo negado. Lo digo en el libro: la segunda ola del feminismo en el Perú y también en América Latina no nació de la Academia, nació de nosotras en las calles. Después hicimos Academia. Eso le da otra dimensión a la Academia que no solo viene de la preocupación intelectual sino de todas las dimensiones que deja el compromiso militante fuera de la Academia. Primero que nada es una ganancia para el país porque la mayoría de las mujeres que están en los estudios de género son feministas, no “generólogas”. Hay una red de profesoras de género a nivel nacional –cosa impensable hace unos años– y mujeres que están luchando, con muchas dificultades, con poco acceso, a la información porque este país sigue siendo muy centralista a pesar de la descentralización.

Hay algo más que quería decir en relación a los nuevos grupos. Actualmente, por ejemplo, en Flora Tristán hay un círculo de estudios feministas con jóvenes de diferentes universidades; es interesantísimo ver cómo se está creando una nueva ola a nivel de los y las jóvenes que a mí me parece muy prometedor porque finalmente es a esta generación a quienes corresponde marcar la agenda haciendo su propia experiencia.

Es un proceso que se está dando y que será visible pronto.

Claro, también hay otra dimensión de los movimientos que me parece que es fundamental recuperar y que es lo que decía Alberto Melluci con tanta lucidez: los movimientos tienen momentos de latencia y visibilidad. Ningún movimiento puede tener visibilidad en las calles permanentemente, por lo menos en las condiciones actuales. Para poder expresarse en las calles con un discurso, con una propuesta, tienes que tener un proceso de reflexión, de organización, de articulación para generar fuerzas, es decir, el momento de latencia. El hecho de que no haya movimiento en lo público no implica que no esté pasando nada en lo cotidiano. Esa articulación es la que me parece más interesante. En ese sentido, siento que estamos entrando a una nueva etapa desde hace un buen tiempo, primero desde esta mirada más amplia y articuladora de los feminismos con otras dimensiones de exclusión y luego el surgimiento de otros actores y actoras en diferentes espacios y de diferentes formas, no sólo los grupos más identitarios como las afro, por ejemplo, sino los y las jóvenes en las universidades o en otros espacios.

¿El movimiento está pasando por una etapa de reflexión?

Las expresiones feministas, en todo caso. Yo no creo que podamos hablar de un movimiento. Un movimiento en un sentido más amplio está pasando por un momento de búsqueda; cuando hablo de búsqueda es justamente esto, si no ¿de dónde va a salir este tipo de procesos que se están dando?

Finalmente, la visibilidad pública parece estar hoy en manos del movimiento de las diversidades sexuales, ¿esto es análogo al proceso del movimiento feminista de los 80?, ¿cuál es tu opinión de este proceso como feminista?

Lo veo altamente positivo, con todas las debilidades y dificultades que pueda haber. La expresión de la diversidad sexual trasciende totalmente aquello que de alguna manera nosotras construimos colectivamente con las lesbianas y los gay con el MHOL (Movimiento Homosexual de Lima) y el GALF (Grupo de Autoconciencia de Lesbianas Feministas) en los ochenta, que formaban parte de ese proceso.

Creo que esa visibilidad es importante. Es necesario un momento de escisión, como el que vivimos nosotras y que está registrado en el libro. Gramsci dice que en toda lucha política siempre hay un momento de escisión en los grupos y que aquellos actores con capacidad de propuesta tienen que salir de su entorno para poder iniciar su propio proceso.

El día que nosotras salimos a la calle a manifestar por nuestras reivindicaciones, por el aborto, en la marcha de ALIMUPER (Acción por la Liberación de la Mujer Peruana), las masas que arrastrábamos en las luchas de apoyo a otros movimientos se fueron al diablo. Empezamos poquísimas y quedamos muchas menos, por las agresiones en las calles. Ahí nos dimos cuenta que era fundamental hacer un alto para pensar cómo dar visibilidad a nuestras luchas y a nuestras propuestas. De allí surgieron los grupos de autoconciencia, la producción de discurso, etc. Creo que eso también está pasando con los nuevos. Eso es indispensable dentro de la lucha política si quieres crear un nivel de visibilidad.

Lo importante es ver cómo se mantienen los diálogos. Las luchas de los LGTB son mis luchas; estoy absolutamente convencida de que esto es parte fundamental de la ampliación de los espacios contestatarios, de los espacios contraculturales y por lo tanto de los espacios democráticos.

Publicada em: 22/01/2008

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