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Colombia

Migración y existencia lesbiana

Para Camila Esguerra, “explorar el territorio ‘de frontera’ de las sexualidades no normativas, la migración y las situaciones de racialización permite ver puntos de quiebre, de giro, intersticios que son fundamentales para el estudio de lo social”. En esta entrevista, la antropóloga colombiana comenta sus hallazgos acerca de la experiencia de mujeres latinoamericanas que migraron a España y que hoy habitan lo que, retomando la expresión acuñada por Adrienne Rich, ella denomina “existencia lésbica”. Estos fueron presentados en su tesis Dislocation and borderland: Latin American migrants in Spain inhabiting the territory of the lesbian existence (Maestría Erasmus Mundos en estudios de las mujeres y del género. Universidad de Oviedo, Universidad de Utrecht, 2009).

A esta investigadora no le interesa el abordaje del asunto al modo del ‘estudio de caso’, sino más bien como “oportunidad de situarse en un lugar estratégico, donde es posible comprender muchas de las estructuras sociales pero también aspirar a entender de qué manera podemos incidir en el cambio cultural; una apuesta epistemológica y también política”. Para ella, “en los cuerpos y las existencias de estas mujeres se entrecruzan muchos de los sistemas de poder de una manera que permite hacer un análisis de una realidad más general”.

Camila Esguerra Muelle es antropóloga de la Universidad Nacional de Colombia, donde actualmente dicta cursos. Obtuvo un Magíster en Género y Etnicidad de la Universidad de Utretch, Holanda, y otro en Género y Diversidad de la Universidad de Oviedo, España.

¿Cómo abordó, en su investigación de campo, las experiencias de las mujeres migrantes cuyas voces se escuchan en su trabajo?

Para este trabajo entrevisté a mujeres de Venezuela, Ecuador, Perú y Colombia, y realicé observación directa y participante. Para la observación participante busqué sitios en donde estas mujeres pudieran encontrarse. Uno de los hallazgos más interesantes fue que las ligas de fútbol femenino latinoamericanas eran un espacio de encuentro y de construcción de subjetividad individual y colectiva, mucho más que los espacios oficiales del movimiento gay y lésbico y de la vida gay y lésbica madrileña. Hay muchas de estas ligas en todo Madrid, pero la mayoría están en barrios periféricos, obreros, como Caravanchel o el Pozuelo, o incluso en lugares que pertenecen a la zona metropolitana de Madrid.

Una de las cosas que encontré cuando empecé a conocerlas fue que no todas las mujeres entrevistadas se autodesignaban como ‘lesbianas’, y algunas estaban empezando apenas a tener experiencias homoeróticas, así fuera solamente desde lo afectivo. Otras, incluso, no se sentían cómodas con la identidad ‘mujer’. Por esta razón no hablo de ‘lesbianas’, porque es una categoría identitaria que puede construirse desde el autonombramiento, pero también como una heterodesignación. En ambos casos es una categoría problemática para aludir al heterogéneo grupo con el que trabajé. Una de las cosas que hago en la tesis es, precisamente, problematizar esa categoría. En ese sentido, prefiero hablar de ‘existencia lesbiana’ entendida como un territorio de sexualidades no normativas de estas mujeres, desobedientes de la heterosexualidad obligatoria, haciendo eco de la categoría propuesta por Adrienne Rich.

La otra categoría que abordo es ‘migrante’. Es más clara que ‘inmigrante’, porque alude a una situación de desplazamiento de las mujeres en relación con su país de origen, pero también a una situación de vivir en una frontera simbólica, en el sentido propuesto por Gloria Anzaldúa. Efectivamente, la migración expresa la permanencia en una frontera, un lugar liminal donde se pone en cuestión la ciudadanía. La condición migrante se expresa principalmente en la suspensión de la ciudadanía de estas mujeres, incluso para quienes tienen estatus de estudiantes. En España, sólo tienen garantía plena de derechos aquellas personas que obtienen la nacionalidad española. Por lo tanto, la noción de ‘sujeto de derechos’ que se pone en práctica está vinculada a la ciudadanía dada por un origen determinado, es decir que no existe la proclamada ‘universalidad de los derechos humanos’.

Para comprender esa ‘existencia lésbica’ atravesada por la migración, usted se aproxima teóricamente a través de tres marcos: la heterosexualidad obligatoria, la globalización y la condición poscolonial. ¿Cómo se relacionan?

Para relacionar la heterosexualidad obligatoria con el eje de análisis de la colonialidad, analicé la continuidad de estructuras de colonización en los cuerpos. Estas mujeres con experiencias de migración, que pueden ser lesbianas o con experiencias homoeróticas, terminaron vinculadas a las cadenas globales de cuidado que uno supondría que no incluyen a las mujeres ‘lesbianas’ al no encargarse de la maternidad ni cargar con la prescripción de la heterosexualidad obligatoria. Resulta que existen disposiciones más allá de la conducta sexual, de las preferencias u opciones afectivas, que hacen que la heterosexualidad obligatoria opere en la vida de estas mujeres, como la cuestión de su ubicación en el mundo laboral que de alguna manera las ‘heterosexualiza’. En esas cadenas de cuidado entran en juego la heterosexualidad obligatoria y fenómenos económicos de tipo global, que además tienen un sesgo de racialización muy importante y, por tanto, son una clara manifestación de la colonialidad. En el momento de la migración se actualiza la relación de colonialidad entre España y América Latina, que se expresa en las vidas y los cuerpos de estas mujeres, especialmente a través de experiencias de discriminación xenofóbicas marcadamente racializadas.

¿Qué es destacable de la condición migrante de estas mujeres?

Hay que tener una aproximación interseccional al asunto. Aparte de la heterosexualidad obligatoria, que para mí fue un eje de análisis fundamental, consideré otros sistemas de poder como el étnico-racial, el de clase, edad, entre otros, que en este caso operan en un contexto profundamente xenofóbico y racista.

Las políticas migratorias españolas y europeas son una manifestación clara de las relaciones poscoloniales que se dan entre América Latina y España y entre África y Europa. De manera más consuetudinaria, se expresa en la noción generalizada de que las personas provenientes de países latinoamericanos, africanos, asiáticos y de Europa del Este son ‘inmigrantes’, mientras que los europeos occidentales y estadounidenses o canadienses son considerados como ‘extranjeros’. En esa clasificación se establece una clara jerarquía entre las diferentes ubicaciones étnico-raciales.

¿Cuál es la relación entre migración y sexualidad en las experiencias de estas mujeres?

Aunque los motivos para emigrar son diversos, frecuentemente están relacionados con la huida de las estructuras heteronormativas y heterocentradas de los lugares de origen –a pesar de que estos problemas no están ausentes en los lugares de destino. La migración tiene que ver con aspiraciones personales y con proyectos de mejoramiento de la calidad de vida, como una opción para complejizar la existencia o enriquecerla. La distancia que toman estas mujeres de sus familias es definitiva y evidencia el papel desempeñado por la familia como un fuerte dispositivo de control en relación con la sexualidad. Esa distancia de lo familiar les permite desarrollar su homoeroticidad, su afectividad lesbiana, su sexualidad lesbiana, su existencia lesbiana.

Por otro lado, cuando las mujeres migran con sus familias, de manera simultánea o no, su existencia lesbiana se ve reducida. Esta cuestión nos lleva a relativizar la idea de que las condiciones estructurales de un país en donde hay normas y desarrollos legislativos favorables a las personas LGBT son las que contribuyen a esta existencia lesbiana. Muchas de las entrevistadas no poseían el estatus pleno de ciudadanas y por lo tanto se encontraban por fuera de ese universo de exigibilidad de derechos como el que da el marco normativo español; a lo que se suma la existencia de dispositivos sociales más allá de las disposiciones legales, que operan de una manera muy efectiva prescribiendo, prohibiendo y constriñendo. La posibilidad de esa existencia lesbiana no se da porque estén en España, “el paraíso de las lesbianas y los gays”, sino porque están lejos de sus familias y del entorno familiar (amigos, compañeros de trabajo, vecinos), lejos de un entorno que las vigila. Muchas viven una existencia lesbiana plena en España pero al regreso a sus países de origen esa existencia queda oculta nuevamente.

Además del deseo de mejorar su situación económica, las relaciones de colonialidad también inciden en la escogencia del destino, principalmente por cuestiones idiomáticas: me refiero a la comunidad hispanoparlante que conforma Latinoamérica y España. También están en juego aspiraciones personales y proyectos de vida, así como la oportunidad de enriquecer la existencia. La decisión de migrar y el lugar a donde se migra no deben ser leídos como producto de un callejón sin salida.

¿Algunas de esas expectativas que motivan la migración son respondidas positivamente?

Lo económico pesa mucho y seguramente algunas personas mejoran sus condiciones materiales de existencia, aunque para las mujeres que trabajan allí las condiciones laborales son muy precarias. Una cuestión que es muy notoria es la inversión de tiempo, esfuerzos y muchas veces de dinero para conseguir una ‘ciudadanía real’. Y cuando hablo de ciudadanía real no me refiero solamente a poder disfrutar de sus derechos ‘siendo lesbianas’, sino a tener seguridad social, prestaciones sociales, a poder traspasar fronteras nacionales, etcétera. Es decir, las aspiraciones van más allá de lo sexual, aunque lo sexual siempre está presente en esas aspiraciones.

Ahora bien, las situaciones son muy diferentes dado que las mujeres no tienen los mismos orígenes sociales. En general, las mujeres que tienen un capital cultural bajo, las que están forzadas a enviar remesas a sus países de origen, experimentan un aislamiento muy fuerte y su integración con la cultura española es casi nula. Las mujeres que llegan en otras condiciones, con un capital cultural económico medio o alto, con estatus de estudiantes, becadas o no, tienen mayores posibilidades de acceder a ciertos estilos de vida relacionados con esas aspiraciones. Eso no significa que no tengan que esforzarse en términos laborales, pues todas pasaron por momentos muy difíciles. Por ejemplo, conocí el caso de una mujer peruana que estudió en el colegio alemán de Perú, que habla alemán, inglés, está estudiando japonés, que ya tiene una carrera y está haciendo otra. Ella fue profesora de inglés, pero estuvo sometida a horarios de explotación en su trabajo y estuvo a punto de quedarse en una situación de irregularidad. Es decir, siendo una mujer con un capital cultural alto, pasó por una situación laboral para nada privilegiada, aunque ya tiene la ciudadanía y disfruta de sus beneficios.

Las mujeres que logran acceder a la ciudadanía cambian inmediatamente su relación con el Estado, un Estado que podríamos considerar hasta cierto punto de Bienestar que por cierto se está desmontando. Sin embargo, siguen siendo percibidas como latinoamericanas. Esta cuestión no tiene que ver solamente con un fenotipo más fácilmente ‘racializable’, sino también con su ‘acento’, con su forma de usar el español, a partir de la cual otras personas las sitúan étnicamente.

¿Las experiencias homoeróticas de estas mujeres se dan con españolas o con otras mujeres latinoamericanas?

En ese tema el capital cultural y el fenotipo desempeñan un papel muy importante. Las mujeres que migran en condiciones mucho más marcadas de vulnerabilidad tienen una escasa relación con el entorno español y difícilmente tienen relaciones con españolas. De hecho, entre las mujeres que entrevisté las únicas que habían tenido relaciones afectivas con mujeres españolas o europeas eran las dos con capital cultural más alto. Las mujeres con fenotipos más claros o menos ‘racializables’ tienen mayores posibilidades de tener relaciones con mujeres españolas o europeas en general. Además, ellas no frecuentaban el circuito de las ligas de fútbol, sino que iban más a Chueca, y a lugares como los de Malasaña o Lavapies, que son circuitos ‘alternativos’, aunque no pertenecen a la periferia de la ciudad.

¿Cómo asumen los movimientos de minorías sexuales los problemas asociados a la migración?

Desafortunadamente los movimientos LGBT más oficiales no hacen ninguna reflexión sobre cuestiones de clase, etnia-raza, de origen nacional, edad, y a veces ni siquiera sobre cuestiones de género. Los esfuerzos se concentran en reivindicaciones bastante esencialistas, unidimensionales, poco conectadas con otras causas sociales. Pienso que una mirada interseccional es necesaria tanto para la investigación como para los movimientos sociales y la gestión de políticas públicas.

De manera simultánea al desarrollo de mi investigación, tuve la oportunidad de participar en iniciativas que le apostaban a este tipo de acción política. Cabe mencionar que en el momento en que hice este trabajo se recrudecieron las políticas migratorias en España y en Europa en general. Empecé a participar en pequeñas iniciativas que se preguntaban de qué manera este recrudecimiento podía afectar a las personas lesbianas, gays, transgeneristas y bisexuales migrantes en España.

¿Cómo se relacionó en este trabajo su experiencia como mujer lesbiana y migrante?

Mi punto de partida es la propuesta de Adrienne Rich de una política de la ubicación y los conocimientos situados de Donna Haraway. Empiezo mi tesis tratando de ver cómo estoy yo ubicada en las redes de poder, pero no solamente por ser una mujer lesbiana, sino por ser latinoamericana, específicamente colombiana, y bogotana, que es como estar en el centro de una periferia. También pensé lo que significaba ser una mujer con una discapacidad parcial, en este caso un problema auditivo; qué significaba ser una mujer que en Colombia no sería racializada ni ubicada étnicamente pero que en España sí. Al tiempo y de manera contradictoria, tener una piel clara y un fenotipo no fácilmente racializable me daba ciertas ventajas, sobre todo en España. Mientras que en Holanda era muy evidente que no era de allí. ¿Qué significaba el hecho de que yo tuviera un capital cultural determinado? ¿Qué significaba para mí tratar de hablar en una lengua que no era la mía? ¿Qué significaba para mí ser una mujer de clase media en Colombia y qué significaba esa clase media colombiana en Holanda?

Yo creo que esa reflexión me permitió ver más claramente las relaciones de colonialidad. Por otro lado, ser lesbiana en Madrid tampoco está ‘normalizado’ como dicen. Por ejemplo, uno se encuentra con la experiencia permanente de ‘estar saliendo del armario’. Se vuelve una práctica inacabable en la vida de una persona lesbiana, gay o bisexual. Ahora, las redes sociales que frecuentaba eran espacios fundamentalmente de mujeres lesbianas y bisexuales, personas con cierto grado de conciencia sobre el tema de la migración; otra vez ese nicho cómodo y cálido de la mismidad. Esa cuestión hacía que ciertas situaciones problemáticas se expresaran menos pero a la vez mostraba los límites de una solución estructural y generalizada de los problemas de discriminación.

Publicada em: 01/06/2010

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